Campeones de mentira

Aunque el aficionado al deporte sabe de sobra que, a menudo, detrás de cada ídolo o de cada gesta puede haber una zona de oscuridad, siempre ha preferido creer que las grandes competiciones inventadas en el siglo XX —los Juegos Olímpicos, la Liga de fútbol, los Mundiales, el Tour de Francia— eran, quizás, el único reducto de la sociedad en el que una cierta idea ingenua de la justicia, representada por el “que gane el mejor”, acababa imponiéndose. Las revelaciones recién conocidas del caso Armstrong —la organización por parte del ciclista norteamericano de un sistema de dopaje indetectable—, aun no siendo las primeras que sacan a la luz la mentira del ciclismo y del deporte del cambio de siglo, han significado un duro golpe a la ilusión colectiva: el Tour no lo ganaba el mejor sino aquel con menos escrúpulos y más dinero para invertir en trampas.

El sueño limpio de los héroes deportivos, aquellos a los que admiramos por encima de todas las cosas porque son capaces de pisar territorios que solo existen en nuestra fantasía, corre el peligro de convertirse en un sueño podrido. Uno más. Si quiere ganar el reconocimiento social del que gozó hasta hace no mucho, el ciclismo, el deporte más golpeado por la sospecha y el descrédito, debe asumir su pasado reciente. Eso significa una exigencia de responsabilidades, y el pago de una penitencia, a todos aquellos que han construido la farsa a lo largo de los años y no solo a los ciclistas, muchas veces situados en la zona gris de víctimas-beneficiarios del sistema. Directores, médicos, masajistas, mánagers, intermediarios y la propia Unión Ciclista Internacional, todos los implicados, deben dar un paso adelante.

La propuesta de sus organizadores de declarar desiertos los siete Tours que Armstrong debería perder es muy importante. Dejar desnudo el pedestal de los héroes de los años más dudosos será un recordatorio para siempre de una época negra que nadie desea que regrese.

EL PAÍS, 14/10/2012