Aire por un gran balcón
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Toda estancia que se precie de confortable tiene ventanas, para que entre la luz, el sol y el aire fresco que la ventile y la haga habitable. Y la industria cinematográfica también tiene sus ventanas. Estas regulan de forma tácita la comercialización de las películas y se van abriendo sucesivamente para que el espectador acceda a la película de forma progresiva en función de una orden de explotación. Primero la sala de cine y a continuación el vídeo, la televisión de pago, la televisión en abierto, etcétera, etcétera. Pero las tecnologías nos han traído una nueva ventana. Más que una ventana, un auténtico balcón con terraza y todo, y que el espectador-consumidor maneja directamente y a su antojo.

Ante esta irrupción, las ventanas existentes se defienden de esta novedad cerrándose de forma demasiado elemental tratando de negar, o algo peor, de ignorar, esta nueva realidad. Pero por el balcón, mucho más grande y penetrable que las ventanas, los nuevos aires entran cada día con más fuerza. Y por mucho que se controlen las otras ventanas, ventanucos y respiraderos, ese nuevo aire se está transformando en un vendaval imparable que va a reventar incluso las contraventanas. ¿Qué hacer para que se pueda seguir controlando tanto aire nuevo y que la estancia siga siendo habitable? Pues primero reconocer la nueva realidad y, en segundo lugar, entenderse con ella, negociando para que las condiciones de habitabilidad sean las idóneas para todos los que la habitan. Estableciendo los acuerdos necesarios para que la cohabitación sea posible, tanto para los que ya están dentro, como para aquellos que se incorporan por el balcón. Y ello requiere esfuerzos e imaginación. Sobre todo imaginación. Porque sin ella el vendaval será tal que todas las ventanas y contraventanas saltarán por el aire y su furia impondrá sus propias leyes basadas tan solo en la fuerza de la realidad.

Es absolutamente necesario que todos los actores que intervienen en el proceso cinematográfico —creadores, distribuidores, comercializadores en salas, vídeo, televisiones, Internet...— se sienten alrededor de la mesa, a ser posible redonda y sin aristas punzantes, para primero hablar y después negociar y llegar a soluciones, que seguro que las hay, y salvaguardar los legítimos derechos de todos, incluidos por supuesto los de los nuevos aires. Y sabiendo que estos no pueden ser ignorados. Que es absolutamente necesario llegar a acuerdos, que probablemente cambien algunas de las actuales ventanas o incluso se produzca el cierre de otras. Y siendo absolutamente conscientes de que, si no sabemos hacerlo, otros lo harán por nosotros y a lo peor el vendaval nos expulse a algunos de la habitación común. Se trata de llegar a acuerdos que permitan que ese espacio sea habitable, que quepamos todos en él y que cada vez tenga mejor aire y sea más confortable. Porque detrás de ese vendaval está nada más y nada menos que una gran parte de la sociedad, de nuestros espectadores. Y sin ellos no somos nada. Si no reaccionamos a tiempo y con los medios necesarios, las ventanas abiertas o cerradas no servirán para nada y se quedarán como mudos testigos de un espacio común moribundo en el que un día hubo una vida activa, brillante y creativa.

GONZÁLEZ MACHO, Enrique, presidente de la Academia de Cine

EL PAÍS, Vida&Artes, 22/05/2012
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